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    2019-05-15

    Hay que remontar BLU 9931 manufacturer la Guerra Civil española que movilizó a los poetas hispanoamericanos de una manera mucho más urgente que la Segunda Guerra Mundial, para hallar el origen de los lazos de Octavio Paz con Chile. En 1937 Octavio Paz recibió una invitación para participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que había de realizarse en el verano de Valencia. Varios habrían podido reclamar para sí la iniciativa de la invitación: Rafael Alberti, que había conocido al joven Paz durante su viaje a México en 1934; el poeta español Arturo Serrano Plaja, estricto contemporáneo y lector del mexicano; y Pablo Neruda, quien siempre reivindicó como una hazaña propia el “descubrimiento” del poeta de 23 años. A todos ellos Octavio Paz había mandado, meses antes del viaje, su libro de poemas . Entre las muchas figuras que acudieron al Congreso de Valencia, Vicente Huidobro lo impresionó sobremanera: “Huidobro me dio un abrazo y me saludó a la francesa. Era totalmente afrancesado y me dio dos besos. No pude hablar apenas con él” (citado por Sheridan: 259). Cabe recordar este encuentro que Pablo Neruda se empeñó en opacar en su momento, como si hubiese querido borrar, en vano, la presencia de su rival en España y en la obra posterior de su “protegido”. A su regreso a México, Octavio Paz publica en la revista su primer ensayo sobre Pablo Neruda, simbólicamente titulado: “Pablo Neruda en el corazón” (1938). Allí se explaya sobre sus afinidades con el autor de y , que a sus ojos aliaban la poesía que nunca cesará de admirar en el chileno, y la BLU 9931 manufacturer causa histórica por la cual Paz pretendió jugarse la vida (subrayemos, como un dato extraño, que la República española cayó el 31 de marzo de 1939, el día en que Paz cumplía sus 25 años). Curiosamente, se reiteran en este primer texto dos palabras poco frecuentes en la prosa de Paz: “ternura” y “tiernamente”, que cifran la temperatura afectiva de su afinidad. Por su lado, entre 1938 y 1941, Pablo Neruda colaboró dos veces en la revista que dirigía el joven poeta en México, a quien aventajaba una década de edad y una considerable experiencia poética. Durante la estancia de Pablo Neruda en México como Cónsul General de Chile (agosto 1940-agosto 1943), las relaciones se estrecharon en los primeros meses: “Neruda era generoso y su inmensa cordialidad no tenía más defecto que el de su mismo exceso; su afecto, a veces, aplastaba como una montaña”, recuerda : 84), pero pronto, casi en seguida, la amistad se deterioró a raíz de la salida, en la editorial Séneca, a clitoris mediados de 1941, de la antología de poesía , preparada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados y Juan Gil-Albert, a petición de José Bergamín. Pablo Neruda y León Felipe se negaron a aparecer en la antología por sus diferencias con José Bergamín y otras susceptibilidades ajenas a la poesía pero, como suele suceder, enseguida transformaron la negación en un agravio. No hicieron falta pretextos para justificar las hostilidades que se desataron entre un bando y otro: la inclusión de Huidobro en la antología despertó la cólera de Neruda, pero luego, en unos versos del , aducirá la ausencia de Miguel Hernández o la presencia de Juan Ramón Jiménez como las centellas que prendieron la mecha de su ira. Octavio Paz explicó larga y detalladamente cómo el episodio de terminó en un conato de pugilato al final de una cena: “La cena fue en el Centro Asturiano. Había varias mesas y mucha gente: escritores, artistas, periodistas y, detalle curioso, varios agrónomos (Pablo se había interesado en la Reforma Agraria). Busqué sitio en un extremo y me senté al lado de Julio Torri y José Luis Martínez. Hubo discursos tronitonantes y brindis exaltados. A la salida nos formamos en fila para despedirnos de Pablo, que conversaba con Clemente Orozco, González Martínez y otras notabilidades. Había bebido. Cuando llegó mi turno, me abrazó, me presentó con Orozco, elogió mi camisa blanca —“más limpia”, agregó, “que tu conciencia”— y enseguida comenzó una interminable retahíla de injurias en contra de , Bergamín y, claro, contra los otros autores de la maldita antología. Lo interrumpí, estuvimos a punto de llegar a las manos, nos separaron y unos refugiados españoles se me echaron encima para golpearme. Mi amigo José Iturriaga los puso en fuga con dos guantadas. Entonces intervino Enrique González Martínez, que me cogió del brazo y salió conmigo y con Alí Chumacero, José Luis Martínez y José Iturriaga. En la calle me sentí abatido y roto, ‘como un camarero humillado, como una campana un poco ronca, como un espejo viejo’” (86-87). Siguieron espadazos por escrito, una “Despedida a un cónsul” en por parte del mexicano y unos versos denostadores en el y, sobre todo, un incómodo silencio de veinticinco años. La reconciliación tuvo lugar hasta 1967, a raíz del Festival Internacional de Poesía de Londres, en un pequeño hotel de Cadogan Gardens. Éstos son los elementos anecdóticos de una de las más famosas peleas poéticas del siglo .